You take your choice at this time
The brave old world or the slide to the depths of decline.
You take your choice at this time
The brave old world or the slide to the depths of decline.

En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.
Paul Auster.
La razón de que el individuo medio siga en el tajo es que están atornillados por el cierre del cerrojo, la cara chiflada del capataz, la mano del casero, el sexo muerto de la amante. impuestos, cáncer, melancolía; ropas que se desmoronan la tercera vez que te la pones, agua que sabe a orina, médicos que tienen consultorios indecentes con trabajo en cadena, hospitales sin corazón, políticos con cráneos llenos de pus… podemos seguir y seguir y sólo conseguiríamos que nos tachasen de amargados y dementes, pero el mundo nos convierte a todos en locos (y locas) y hasta los santos están dementes. nada se salva. en fin, a la mierda. según mis cifras, sólo he tenido dos mil quinientos coños, pero he visto doce mil quinientas carreras de caballos, y si he de dar a alguien un consejo, doy este: dedícate a pintar acuarelas.
Charles Bukowski.
Has dejado noches, noches del adios.
La certeza de tus ojos cree que me voy...
Has dejado un cielo para amanecerlo a la vez,
allí...
Cruzas sólo puentes, puentes entre tí.
Las flores y el silencio son cosas de tu amor.
Has dejado un río, para atravesarlo a la vez,
allí.
Y es que me espera
y cobijo me dará
entre sus manos
hasta que luego venga Fuji
con el mundo.
Y me hace las señales con las piernas
desde un punto de la calle, desolada,
y es que puedo soportar esta distancia,
y es que te has impreso en mi como una luz.
Cruzas sólo puentes, puentes entre tí.
Las flores y el silencio son cosas de tu amor.
Has dejado un río, para atravesarlo a la vez,
allí.
Y es que me espera
y cobijo me dará
entre sus manos
hasta que luego venga Fuji
con el mundo.
Y me hace las señales con las piernas
desde un punto de la calle, desolada,
y es que puedo soportar esta distancia,
y es que te has impreso en mi como una luz.
Una noche conocí a Emmet Ray. Jazzista imperfecto (nunca, jamás le pisará los talones a Django Reinhardt). En realidad, nunca lo escuché tocar, pero al momento en que rebalsaré en mi historia, aseguro que lo escuchaba interpretar las piezas mejores por las noches, en algún sueño, sueños despiertos, pues tenía los ojos bien abiertos, abiertos de par en par, como vivo ahora, vivos. En fin, la cuestión es que lo conocí en uno de esos bares donde solía tocar, o alardear de su musicalidad. En seguida envueltos en halos de humor cabizbajos e hipnóticos, filtramos nuestros apetitos dispuestos a descuidarnos a nosotros mismos; hubo un primer impacto, del cual me fue difícil despegarme; la conjunción de músicas y extravagancias estéticas, dibujos al azar, apreciaciones artísticas, siempre me atrajeron –siempre-. Para el tiempo en que yo merodeaba por los suburbios del rock and roll, comencé a ingresar en los bajos fondos de bluseros apocalípticos, cinefilias de R & B, acústicos y estruendos del jazz primero, esos negros que me colmaron la cabeza. Emmet seguía representando por las vías de la nada misma a ese ser tan histriónico, bello, emparentado con su propio director, un excéntrico, lo que podríamos llamar un freak –superfreak-; caprichoso, pacífico desesperante. Cada tanto me lo cruzaba por los caminos de lo indecible, apostado siempre en un mismo lugar con su banda que entraba y salía, a la que todos coincidiríamos que no era del todo necesaria: Emmet, tan sólo con su forma de deslizarse por el diapasón nos sumía a todos en una atmósfera de la Depresión de la década del 30, gris y esperanzada de muerte, amante de la emanación de los colores que habrían de llegar, en algún momento, quizás. Nuestros encuentros fortuitos y no tanto, iban determinando un feeling de surround de café concert, una relación anormal y claramente hermosa, de lo forzada y dispar que era. Poco a poco me fui convirtiendo en una seguidora oculta de sus composiciones, en una fan que le dedicaba paintures al por menor. Frecuentaba esporádicamente el lugar –no has de hacerte notar-, y siempre cayendo en una tentación evaporable nos enroscábamos en películas no filmadas y terapias sin Freud. Al punto de la ebullición, emergieron 3 días durante los cuales no hacía otra cosa que pensar en su solfeo. Cual Hattie, límpida, blanca, sumida en un mundo ultraterreno, bondadoso y lleno de respeto, le dedicaba mis más sinceras palabras y emociones, me entregaba a lo que podía haber nunca sido. Emmet tenía esas cuestiones maniáticas, eso de pegarles tiros a las ratas, o ir a ver pasar los trenes; una y otra vez, me invitaba a lo mismo, y lejos del tedio y la apatía, me sentía la afortunada que observaba los ríos a su lado, que empuñaba el calibre para asesinar a los ratones –a pesar de mi filia/fobia-, de pasar horas sin escuchar más que el ruido de los rieles; mientras él reía, disfrutándose a sí mismo, yo soñaba con ser el cuerpo de su diáfana guitarra. Luego de un sinfín de arpegios, entendí que Emmet era un loco soñador, como yo, que de repente estábamos realmente en la misma sintonía, que no éramos tan desiguales, que había un lazo en común que nos mantenía alerta ante cada nuevo encuentro. Aceptando el despojo me rendí ante su altar, lo invité a escabullirse conmigo finalmente ante el andén, lo animé a suicidarnos, abrazados en la oscuridad de una noche plácida y furiosa. Poco recuerdo de esa noche, lo que se convirtió luego en una divertida sospecha de mi saludable corazón. Recuerdo que a veces no lograba ni una mínima de concentración, consecuencia de ese excesivo enamoramiento para con la música, de ese complejo atemorizante que lo hacía desmayarse ante Django. Siempre complaciéndolo, a veces maltratándolo, nunca logré moverlo de ese territorio marcado cual posguerra, que había dejado en su luna, la que caía desde el techo, para ridiculizarlo ante el gentío, que, digamos la verdad, terminaba aplaudiéndolo, como en todos sus espectáculos. Tan extravagante, tenía una personalidad poco descifrable, tan misteriosa que se tornaba para cualquiera en una obsesión atractiva, casi como un modo de supervivencia al hastío. Y claro que somos más de uno a los que nos pasó (en realidad, todo es relevante en el mundo, probablemente seamos dos, o uno; aquellos que reconocen lo mediocre de lo brillante son seres superhombre; y yo de por sí nací exageradamente, era un moikano de aproximadamente 4 kilogramos). Resumiendo, la realidad es que su desatinada forma de tocar y su sonriente apariencia de pudiente desquiciado fueron algo nuevo en mi despensa de tradiciones. Tan así fue que terminé pecando de gruppie callejera, lamiendo de la limosna de sus allegados, desplegando mis estrafalarias contestaciones por doquier. Ambos obtuvimos lo que queríamos, Emmet asesinó a miles de ratas, vio pasar mil trenes, yo simplemente salí del lugar con la cabeza en alto, aplaudiendo mi valentía, sintiéndome orgullosa de mi predisposición ante las derrotas, macabras, diabólicas y odiosas, una más una menos. Emmet, más que dulce y melancólico, encantador y patético, sólo un jazzista, que nunca habrá ya de tocar en este escenario.
Gracias, Woody Allen.

Alicante y Málaga como dos puntos de partida inconexos.; las gaitas de las vías aromáticas los acordes irish de lo complejo.
Incompleto y pleno, calmo. Insoslayable y perpetuo, inacabable; más que infinito. Churumbel inocuo, soberbio como granada, una combinación ávida, sugerente, como un juego de roles desdibujados, y movidas precisas.
Peces escamados entre los barrotes de la memoria, de la percepción racional, del ya sabemos; del tratáme bien, de lo cándido y lo abrupto. Entre la frágil división del poder y querer, mil sensaciones paradas en los muros más altos de la city. Los rasguños del sol, los achaques del cerebro, el abrazo melancólico, mi debilidad vertebral, su forma de hablar, su divina forma de hablar.
Una veneración obligatoria de unos ojos rebosantes de premura ternura, remojados en antiséptico. Algún remate fuera de ubicación, sorprendentemente súbito, enseguida remendado con la paz singular, poco imitable. Mi dieta actitudinal, soy pluma sonriente, me pega el viento y va y viene, ante la tensión suspendida en la atmósfera estratosférica. La esencia real que se impone cual invasión bárbara, remitiendo a los principios de nuestra cultura occidental; y yo, el eterno retorno y, ligada a mi pragmatismo sin lugar a vacilaciones. Un personaje exigente, arraigado en prejuicios y preconceptos a veces absurdos, otras dogmáticos, parte de un idealismo, social, para mi estéril, aceptable en relación a las travesías de la historia, discursivo. Interlocutor de espíritu directo, y yo a veces hablo con los pies; a veces comenta lo justo en la aguja cabal, suscitando mi salutífera risotada; cual endorfina. Compañero grato, perseverante criatura audaz, naturaleza astuta selva frondosa rociada. Mi ansiedad reflejada en su insistencia, otra vuelta, y otra vuelta. Entrada y salida, ida y regreso, seres exóticos, insólitos. Graciosos. Unas costumbres revueltas en sacarina, sazonan el amanecer. Hay conversaciones ingratas e inolvidables; hay conversaciones. Me gusta conversarle, me gusta escuchar. Me asustan mis limitaciones al hablar, me siento incapacitada, ante cada palabra un pero, un obstáculo, una imposición auto-impuesta. Me torno intolerante, y oigo y observo, fijo, inmóvilmente; busco una evidencia, busco, algo. De a ratos decaigo en mi consuetudinaria dispersión, me voy por el cine clásico, me voy por los bálsamos europeos, me voy por las cadencias de las millones de coplas; culmino en la barbitúrica meditación que ustedes no podrán alguna vez siquiera sospechar. Me encuentro con situaciones inmutables, reconocibles, que nunca aprendí a gobernar. Descreo del siempre, me apresura con cláusulas firmemente sujetas a su terquedad. Lo contemplo en un sagrario, hay algo ahí de un crecimiento radiante, me encamina a un afán; prontamente me escupe un autostop por su inherencia; las cosas que nunca degusté apolíneamente, banderita de protesta interior, calla tu alma, y se convierte en todo un vaivén de fluctuaciones pasionales; apetito de un ánima fatigada, sañuda pueril seductora risueña. No reacciona ante mi evaporación en la luna, su límite es la gran capa azul. Con mis añitos llagados no puedo hacer yo nada, hoy me mudo a la galaxia de la sazón, ¿discierne esto, la sabiduría del chico hiperestésico? Entrecejo politizado, invitándome a una crátera, extasiando mis escapes defensivos, diestro y táctico, me gana de mano, en mi barricada sin ánimos de enclave defensivo. Aliada de la soledad, me presento como tal, me dedico a la lectura convulsa, al encierro culto, viví esto dormí poco, expiré varias veces rebroté al fin no pervivo en base a suero, ya, ¿lo ves?. Hallo lo que valoro en estadios de grandeza y hago una reverencia, media vuelta y aplauso, ¡bien!. Sin embargo, el gris opaco como nube en las cabezas de Keaton. Es que nada nunca resulta como uno lo traza, más bien de una de las tantas maneras en que ningún hombre lo intuyó. No quiero estabilidad, quiero dinamismo, movimiento, mutación. No somos artífices de nada; sólo optamos.
Ando desprotegida del insomnio y el divertimento, afirmo ante todo, planeo como bicho, me ubico en el altar del arlequín circense. Aparatoso trasto cachivache me visto fluorescente, cuelgo mi cabeza en el atril, no pienso en nada. Me emborracho con la idiotez, y me chuto con la mala de verdad, lo lamento. Lo noto sobrio lúgubre frugal y comedido abstemio sereno contenido, complemento utópico, genial arquetipo de inspiración y aspiración. Inspiración, perpetuamente; numen y arrebato de mi gracia, arte. Si tan solo el mundo fuera una masa de inhóspitos animalitos y vegetales silvestres, plenamente el árbol come de sus frutos sin embargo el trance ronda ante los cuerpos deshabitados; el cuerpo deberá de estar deshabitado y libre para resistir al vacuo devenir del vacío que nos deja el haber conocido, lo que es el amor. Así te quiero, ser, son largos tus años de magnitud. Soy sutil, evanescente brochazo, no me encuentres en los rastros de lo vital, olvidáme en los restos de lo mórbido. Me he convertido, en algo crónico, de mi misma. Bien, sólo existimos yo, y mi otro yo. Pues, no derroches tu estima, encanto del orbe.
Resurjo de un tambor repleto de inseguridades y desgastes, de aniquilamientos expresivos, de falta de afecto y buen gusto; resoplando entre los desprecios de un amor insoslayable, de un éxtasis marca ciudad, los destripadores de las tríadas de un ser, no ser y sin ser. Triturando los alados árboles de un bosque talado, penetraron los resabios de un desquicio sin cura; relecturas de abismos intratables, casi irrepetibles, imposibles de mostrar, de develar al vulgo; en algún momento fuimos una especie de gato siamés sin hermano ni padre, sin hogar ni lujuria, vagoneando por las cátedras del día común y corriente. y al llegar la noche, estupefacientes como la nada, poco precavidos ante nuestro ello, moríamos y moríamos. el calibre que atravesó el número nos dejó impermeables a la razón de los tratados de pintura, a las teorías de la ética, y la moral, y la filosofía que pregonamos era incorruptible como etérea. me siento a despedir el cambio y la decisión y la firmeza, a mirar la noche, estrellada como es ella, a pintarla de colores, los colores que hoy logré. pican, repican las gotas de una lágrima guardada en un cajón de madera, tirado al mar, hecho agua; mientras salen a la luz el cantar de un millón de tipos que sueñan con ser mañana. me aburre tanta poesía, tan solitaria inútil, camarada sin esquina, muchachita sin bar. relicario de un paralelismo de fantasía inigualable, con unos ojos tallados con las manos del todo y un corazón de vidrio y polvo, que sacudió mis entrañas y las quebró, para convertirlas en hilos de oro y azúcar, dirigiéndome a la vía de mis sinfines, espero que te olvides mi nombre no sabes cómo extraño mi calma, por haber sido vanamente la parte más sana y objeto de consumo cual narcótico, inyección con jeringa de la violencia de la maldad brutal escabrosa vil pérfido perverso diabólico y cruel, nocivo dañino peligroso aciago nefasto funesto infausto. Es que me tensa, y me condensa y me desdeña tanta porquería relatada, tanta basurita sin sabor, tanta podredumbre que saco de esta infértil sien; y abruman los kilómetros de distancia que no producen efecto, que la fuga maníaca actúa efectivamente, que me canso de hablarle a la proclividad, gritándole que la imagino, y para cortar un poquito con el tono melancólico y patético de cualquier palabra de estas rectas finales inmaculado espejismo, quiero aullar que Emmet Ray en un momento de lucidez me puso tu cara entre mis uñas, Emmet Ray, pero lo voy a explayar en alguna desventura venidera si es que existe el devenir, mientras tanto decía que al apego le guiño una ceja, mi ojito deforme y discapacitado, mi herramienta de quimera, que está enamorándose tarde a tarde, de la inmortalidad que nunca fue, y de la eternidad que hoy comienza, y de la felicidad que promete, con todo lo que el término evoca, la vie en rose, genios y genialidades en un fulgoroso nuevo año.
jusqu'à jamais deux mille neuf !!!
Memoria.
Y la grandeza del hombre reside en muchas cosas. Reside en que es finito en un mundo infinito, es imperfecto en un mundo perfecto, lo angustia su pequeñez, lo angustia la idea de la nada, lo angustia la idea del dolor, de la injusticia; y también la grandeza del hombre (todavía, porque puede ser que esto no sea para siempre) todavía puede radicar en que se rebele contra lo que intentan hacer de él.
Sartre tiene una frase que dice “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Esta es una de las frases más fundamentales de toda la historia de la humanidad, porque evidentemente desde que nacemos hacen de nosotros algo. Nosotros nacemos y nos hablan. Recibimos como una esponja palabras, palabras… Cuando empezamos a hablar decimos las palabras que nos dijeron. Es decir, no tenemos un lenguaje propio, creemos que dominamos una lengua y es esa lengua la que nos domina a nosotros. Pero alguna vez diremos una palabra nuestra y esta va a ser nuestra libertad. Entonces es cierto, está el lenguaje que nos condiciona, el entorno sociopolítico que nos condiciona, el inconsciente, todo eso, todo lo que quieran. Pero en algún momento, a partir de algún momento, tenemos que ser responsables de nosotros mismos porque somos lo que elegimos ser. Entonces bienvenida la frase “cada hombre es lo que hace, con lo que hicieron de él”.
La grandeza de la filosofía son estas cosas, entender estas problemáticas, en realidad esto requiere coraje. Porque la vida que alguien lleva puede parecerle injusta, pero es mansa, porque se deja llevar. Bueno, usted a la mañana se afeita, desayuna, va al trabajo, el jefe lo trata mal pero no lo escupe por lo menos, almuerza, se toma un digestivo, tiene problemas con el tránsito, llega a su casa agotado, pero nada grave lo acosó durante el día, saluda a su mujer y pasó otro día en su vida. Sí, pero no pasó, porque no pasó nada en su vida, no pasó nada. O sea, usted la pasó bien, usted no se amargó, usted no se asustó, no se angustió, se deslizó a lo largo de su día como una especie de hoja en la tormenta del capitalismo del siglo XXI, que es el único sistema que está vigente.
¿Pero cuánto más interesante hubiera sido si de pronto, usted se para y dice “pero caramba, qué vida de porquería estoy llevando, no puedo seguir así. Que porquería de trabajo, de familia, la televisión qué basura, muestran solamente algo redondo, ¿no tienen cara las mujeres?” No, olvídese de los ojos, de los labios, no hay más eso, ahora las mujeres tienen una sola cosa: culo. Y usted tiene que ver eso, porque eso le están dando.
Entonces a partir de ese momento usted dice “bueno, esto no va más”. Pero ojo, a partir de ese momento usted está solo. Está solo. Y eso se lo tiene que bancar. Se lo tiene que bancar y eso es una actitud filosófica, y eso es muy difícil, porque usted a partir de ahí dejó de pertenecer a la manada, y comienza a pertenecer a usted mismo. Y cuando usted comienza a pertenecer a usted mismo ya no tiene justificaciones, ya no puede distraerse, tiene que elegir, y usted va a ser el responsable de cada una de sus elecciones.
La filosofía es pues, coraje.